Abstract
Resulta difícil, sin embargo, aceptar que la locura de Agustina derive en la construcción de un ente independiente o en una manera de resistir contra un orden social liderado por el padre, considerando que en ella recaen beneficios monetarios generados por el narcotráfico, pues nunca duda en aceptar sus dádivas. Vemos, sin embargo, que mientras el padre aparenta ser de temple riguroso y estricto, llegadas las circunstancias, como la revelación de una verdad difícil de aceptar, opta por su relego como figura de autoridad a un sitial de nulidad e impotencia, condición que para la familia es preferible al desprestigio social y desmoronamiento económico. Pero a diferencia de esta fábula, se halla una distorsión en los principios mismos en la escena de encubrimiento del oprobio familiar por parte de Eugenia, pues, en lugar de ser ella quien urde el acto de castración, es el hijo quien arremete contra el secreto familiar exponiendo las fotos, fertilizando de esta manera el terreno para la ejecución del plan final de desautorización del padre. En la novela, esta verdad la corrobora Midas McAllister, quien en su monólogo interior, la acusa de haber participado de la farsa familiar y de haberse beneficiado de dinero ilícito al igual que otros miembros de su familia: ¿O es que acaso tú creías, reina mía, que las cosas eran de otro modo? ¿Acaso no sabías de dónde sacaban los dólares tu hermano Joaco y tu papá y todos sus amigotes, y tantos otros de Las Lomas Polo y de la sociedad de Bogotá y de Medellín, para abrir esas cuentas suculentas en las Bahamas, en Panamá, en Suiza y en cuanto paraíso fiscal, como si fueran jet set internacional? (72) Al final de la novela, Agustina parece volver a la normalidad al recibir la noticia del retorno del Bichi.